Paralelo 24º

La Guerra del Pacífico

Las siguientes imágenes yuxtapuestas buscan responder al deseo de un pueblo cuyo mayor anhelo es recuperar su salida soberana al mar.
Descubre los detalles del conflicto bélico que aún continua vigente en América Latina.

por Mario De Fina

– ¡Ríndase!

-¿Rendirme yo cobardes?, que se rinda su abuela, ¡carajo!

Luego de la toma de Antofagasta por parte del ejército chileno, se supo que en Calama se preparaba la resistencia y hasta allí se dirigieron unos 400 (algunos hablan de hasta 600) soldados a las órdenes del coronel chileno Emilio Sotomayor. Tras 190 kilómetros de una agotadora marcha bajo el abrasador fuego del desierto. En Calama aguardaban 135 hombres con 104 de las más variadas armas de fuego, bajo el mando del periodista y abogado boliviano Ladislao Cabrera, a quien las circunstancias lo habían convertido en defensor de la patria en la guerra del pacífico

Al despuntar el alba del 23 de marzo de 1879 el Dr. Cabrera divisó a la caballería chilena avanzando en dirección al vado de Topater y envió al comerciante Eduardo Abaroa Hidalgo acompañado de rifleros a defender el enclave de la resistencia; el golpe sorpresa logrado por una docena de hombres sin instrucción militar obligó a las tropas enemigas a retroceder, el Río Loa comenzaba a teñirse de sangre. Abaroa envalentonado por el exitoso primer golpe cruzó junto a sus hombres el angosto río mediante una viga y comenzó  la épica batalla de Topater.

El reloj marcaba las 11 de la mañana cuando Eduardo Abaroa, parapetado tras su trinchera y herido por una bala que perforó su garganta, continuaba ofreciendo resistencia, disparando obstinadamente su Winchester desde un foso; el subteniente chileno Carlos Souper describió su sorpresa al constatar que ‘’un boliviano desde dentro hiciera fuego a más de 100 hombres‘’.  Rodeado y ultimado a rendirse, respondió con sus célebres palabras que lo transformarían en leyenda, acto seguido con dos balas que acabaron con su vida a los 41 años. Durante el crepúsculo de aquella jornada trágica que costó 7 muertos chilenos y 20 bolivianos y mientras la derrotada resistencia huía a Potosí, Abaroa era enterrado silenciosamente en el cementerio de Calama, bajo ese mismo atardecer se terminaba la guerra en suelo boliviano  y se sellaba la pérdida del mar.

 

 

 

 

En 1587 se fundó el puerto de Santa María Magdalena de Cobija, por orden de la Corona Española, como refugio a marinos en estas inhóspitas costas del Pacífico, ocupadas por poblaciones originarias que sobrevivían con los escasos y salobres recursos hídricos de la zona. Para 1787 apenas se encontraban aquí 20 tributarios de la Corona, lo que muestra el carácter marginal y de poca importancia que resultaba esta caleta.

‘’ Si de Rómulo, Roma; de Bolívar, Bolivia ‘’. Con estas palabras, un diputado Potosino cambió el nombre a la República fundada el 6 de Agosto de 1825 por Simón Bolívar, sobre la base territorial de la antigua Real Audiencia de Charcas, con aproximadamente 400 kilómetros de costas sobre el Océano Pacifico; el límite norte lo marcaba la República del Perú y el sur el infranqueable despoblado de Atacama. El 28 de diciembre de ese mismo año se anexa la caleta de Cobija bajo el nombre de Lamar y se funda en ella el principal puerto. Comenzó una compleja urbanización mediante caminos, hospitales, correos y aduanas. Una planta desalinizadora completaba la tarea de transformar esta zona de difícil acceso en una pragmática ciudad portuaria para la naciente República de Bolivia.

Testimonios de la época describen a Cobija como un pueblo con una única calle asfaltada de medio kilómetro y con casas construidas en adobe y madera, en un estilo rudimentario donde la mayoría funcionaban como tiendas con gran variedad de artículos extranjeros. El explorador francés Alcide d’Orbigny la definió como ‘’ una tierra ingrata’’. En 1829, el gobierno de Bolivia le quitó la jurisdicción de Atacama a Potosí y nombró un prefecto en Cobija. Diez años después, Atacama fue elevada a Departamento y dividida en dos provincias: Lamar (litoral) y Atacama, con un prefecto en Cobija y un subprefecto en San Pedro de Atacama, continuaba vigente el entusiasmo sobre el puerto principal.

Hacia 1840 comenzaron a adquirir importancia los abundantes depósitos de guano que se encontraban situados en la península de Mejillones y el Gobierno chileno encabezado por el general Manuel Bulnes decretó los depósitos al sur del paralelo 23° como propiedad chilena. Desde ese instante comenzaron los problemas de jurisdicción en la región, hasta que Chile decidió ocupar la bahía de Mejillones en 1857.

Paralelo al auge del guano, el Salitre comenzó a ser demandado como abono y para la fabricación de pólvora, dando una nueva dimensión al problema por el control de los porosos límites desérticos; mientras el guano era explotado por el Estado, el salitre quedó en manos de la empresa chilena con capitales británicos Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta (CSFA). Esta expansión económica desplazó cantidades ingentes de chilenos que comenzaron a poblar los territorios de la Antofagasta boliviana.

El general y presidente de facto Mariano Melgarejo fue propicio a negociar con Chile y a evitar un enfrentamiento armado; el 10 de Agosto de 1866 se firmó el tratado de límites entre Bolivia y Chile, el cual estableció en su artículo I:

‘’ La línea de demarcación de los límites entre Chile y Bolivia en el desierto de Atacama, será en adelante el paralelo 24 ° ‘’

A su vez se fijó una zona de explotación de guano y salitre mancomunada entre el paralelo 23 ° y 25°, siendo el producto de los impuestos a la exportación repartido entre ambos países. En los tratados la solución había sido establecida, en la práctica las dificultades derivaron en nuevos y feroces enfrentamientos diplomáticos.

Dos años después de la firma del tratado un violento terremoto seguido de maremoto destrozó Cobija y ésta comenzó a perder influencia ante la ciudad puerto de Antofagasta, fundada el 22 de octubre de 1868 y nombrada nueva capital de la provincia de Lamar. Al año siguiente una epidemia de fiebre amarilla transformó a Cobija en un pueblo fantasma.

Las tensiones generadas por el descubrimiento de un pacto secreto entre Bolivia y Perú para garantizarse mutuamente soberanía, independencia e integridad territorial, por parte de Chile y la compra de este último de dos blindados navales, el Cochrane y el Blanco Encalada, a Gran Bretaña llevaron a un nuevo Tratado de Límites, el 6 de agosto de 1874. Se mantenían las divisiones limítrofes y se agregaba en su artículo 4° que ‘’las personas, industrias i capitales chilenos nó quedarán sujetos á mas contribuciones de cualquiera clase que sean que á las que al presente existen (por 25 años) ’’, fue  esta cláusula la chispa que desencadenaría la guerra. Un año más tarde, la población de Antofagasta ascendía a 5384 habitantes, de los cuales 4530 eran chilenos, casi el 85%.

El período que se extiende entre 1874 y 1878 se caracterizó por una intensa actividad económica y un fuerte dinamismo en el desarrollo de la industria salitrera en Atacama, en virtud de la cada vez mayor demanda mundial por el fertilizante natural. En Bolivia, tras el asesinato del presidente Agustín Morales, asumió el poder el general Hilarión Daza en 1876, cuyo régimen caudillista y dictatorial, en un contexto de grave crisis política y socioeconómica, buscó capitalizar nuevos ingresos para las debilitadas arcas fiscales, producto de las importantes sequías que asolaron el territorio boliviano y de un brutal maremoto, estimado en 8,8° Richter, en 1877 que terminó de sepultar a Cobija en el olvido. Bajo este ambiente el Congreso boliviano sometió a revisión en febrero de 1878 el Contrato de Transacción que se había firmado con la Compañía de Salitres de Antofagasta (CSFA) y creó un impuesto de 10 centavos por cada quintal (100kgs) exportado de salitre. Este acto que Bolivia creía justo por tratarse de un acuerdo entre el Estado y privados, para Chile constituyó el casus belli inmediato de la invasión.

Pasó un año exacto entre la creación del impuesto y la invasión. Chile fue partidario, en un principio, a la negociación, lo que se expresó en complejas conversaciones entabladas por el  Representante chileno en La Paz que suspendieron brevemente la aplicación del impuesto. Pero a mediados 1878 el presidente Daza manifestó su decisión de hacer efectivo el cobro, lo que llevó a La Moneda a expresar una posición más dura, amenazando con la reivindicación de los derechos chilenos en el territorio salitrero de Antofagasta mediante una nota redactada por el Plenipotenciario Pedro Nolasco Videla en noviembre. El 26 de diciembre el blindado chileno Almirante Blanco Encalada amaneció sobre el puerto de Antofagasta. Hilarión Daza sintió en este ultimátum una amenaza a su soberanía y confiando en el pacto secreto redobló la apuesta, el 11 de enero de 1879 se confiscaron los bienes de la CSFA y se fijó el 14 de febrero como fecha de remate. Tres días antes Chile le ordenó a su Representante en La Paz que se retirase inmediatamente. La elite dirigente envalentonada por la prensa creyó que la apropiación del salitre sería la solución permanente a la crisis financiera. Cuando llegó a Santiago un telegrama desde Antofagasta anunciando la reivindicación boliviana sobre las salitreras, la decisión del presidente chileno Aníbal Pinto ya estaba tomada.

Cuando el viernes 14 de febrero de 1879 el blindado Cochrane y la corbeta O’higgins se sumaron al Blanco Encalada y tomaron sin la mínima resistencia la ciudad de Antofagasta bajo el mando del Coronel Sotomayor, un grito de algarabía inundó las calles.

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