Sáhara Occidental

La Guerra Olvidada

Un viaje a la República Árabe Saharaui Democrática, dividida entre la última colonia de África y su más antiguo campo de refugiados, que desde el 2003 ocupa el primer puesto en la Evaluación de Crisis Olvidadas de la Comisión Europea.

por Mario De Fina

-Ni lo intentes, ni siquiera te van a dejar bajar del avión.

Del otro lado del teléfono, la voz serpenteaba entre el francés y el español, pero era difícil dilucidar su procedencia.

-No es la forma de entrar a El Aaiún: en el aeropuerto te espera la brigada más sanguinaria de todas- advirtió Omar Bulsan.
Faltaban pocas horas para tomar el vuelo, era momento de tomar decisiones.

Las órdenes habían sido claras. Antes de comprar el billete de avión había que dar de baja todos los perfiles sociales que me relacionaran con la profesión, incluido mi sitio web, y eliminar cualquier vestigio de conexión con activistas saharauis, habitantes autóctonos del Sahara Occidental. La voz al otro lado de la línea aseguraba que lo primero que hacen los servicios marroquíes cada vez que un extranjero aterriza en El Aaiún es investigarlo, buscar pruebas que ameriten la expulsión, la incomunicación o el eventual secuestro de equipo fotográfico.

En el caso de no encontrarlas, una constante presencia policial espiaría al recién llegado: desde micrófonos en la habitación del hotel hasta oficiales vestidos de civil, con el único objetivo de averiguar los verdaderos motivos por los cuales uno se encuentra en la última colonia de África.

Todas las conversaciones con los periodistas en el terreno deben hacerse por servicio de mensajería encriptado: el gran ojo marroquí no deja escapar los detalles.

Siempre sentí atracción por el mundo musulmán, y quise conocer África, pero para sortear los problemas del idioma, necesitaba un país donde hablaran español. Existen solo dos ex colonias españolas en el continente: Guinea Ecuatorial -un pequeño país que estaba atravesando un convulsionado proceso electoral- o el Sáhara, una tierra que aún hoy sigue siendo colonia, aunque España lo niegue.

Existen 17 territorios no autónomos bajo supervisión del Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas: El último reducto de colonialismo en América del Sur son las Islas Malvinas, en el África es el Sáhara Occidental. La busqué en Wikipedia. Leí la primera línea de su descripción, me invadió la curiosidad y sentí esa adrenalina que antecede a las grandes historias: “El Sáhara Occidental no ha sido nunca un país independiente ni una entidad clara establecida en ese territorio’’. Sea lo que fuese, iba a averiguarlo.

Un mes después tenía los pasajes y estaba listo para correr el riesgo. Comenzó un intercambio de correos electrónicos con Salka Embarek, encargada de brindar asistencia a los periodistas, sus palabras me tranquilizaban: “Mañana hablamos sobre la conveniencia de llevar un equipo de grabación de poco valor y de cómo esconderlo. También hablaremos del protocolo a seguir a la llegada al aeropuerto de El Aaiún, de lo que puede ocurrir y de cómo actuar’’, pero unas horas más tardé llegó el llamado de Omar Bulsan, representante del Frente Polisario en los Territorios Ocupados. Bulsan es la autoridad máxima en el terreno.

Su enfática recomendación era descartar la opción aérea y entrar por las poco permeables fronteras del norte, caso contrario, me advirtió, mi experiencia estaría destinada al fracaso.

* * *

 

 

El Aaiún
العيون

Cuando un excéntrico magnate pisó por primera vez estas arenas recalcitrantes, sabía que había encontrado lo que buscaba. Miró por allá, miró por acá, por arriba y por abajo, y no encontrar a nadie le bastó para congratularse como Emperador del Sáhara. El sueño le duró poco, era verano de 1903 y cuando las potencias que merodeaban la zona se enteraron de tal irreverente accionar, pusieron el grito en el cielo, en especial Francia, de donde provenía su nueva majestad.

La suerte no acompañó y al finalizar el solemne acto de fundación de la capital, Troja, sus cinco tripulantes yacían presos de los Ulad Delim, una de las tribus beduinas locales. Dicen que rey, o soldado que huye, igual da, sirve para otra batalla, pero no fue el caso: el fugaz emperador no pudo regresar nunca más a su reinado. Él no fue ni el primero ni el último en enceguecer completamente por las arenas del Sáhara.

Unos años antes ya había llegado la expedición española. Los rebaños eran las únicas propiedades de las tribus nómadas enemigas de la agricultura y del comercio, el desierto y Alá eran los únicos amos.

España estaba extenuada por la guerra contra Cuba y por los enfrentamientos internos que desgarraban a la corona: solo quería proteger sus preciados territorios de ultramar, el archipiélago de Las Canarias. Con el objetivo de reunir pruebas que acreditaran su propiedad, Emilio Bonelli, militar español, llegó a la península de Río de Oro once días antes del comienzo de la Conferencia de Berlín. Edificó una caseta, izó la bandera española y urgió a los jefes locales a firmar concesiones a nombre de un rey que no conocían.

Días más tarde, las grandes potencias se dividieron el continente africano como quien se divide en porciones un pastel. Las más suculentas fueron para Francia e Inglaterra. España se conformó con las migajas: una tierra estéril que se extendía entre Cabo Blanco, al sur, y Cabo Bojador, al norte. Una tierra sin nombre, de ahora en más conocida como el Sáhara Español.

Si bien el trámite inicial para hacerse de sus nuevas posesiones fue sencillo, los pasos siguientes no tanto. Pese a que los españoles llevaban siglos perfeccionando la sutil técnica de la conquista, disparando a todo lo que se oponía, esta vez pasaron 50 años amedrentados en barracas miserables en Villa Cisneros, la actual Dajla, 500 kilómetros al sur de El Aaiún. Los temibles hombres azules exigían beneficios a cambio de una relativa paz. La única motivación de los soldados para permanecer en esa tierra ingrata que alcanzaba el medio centenar de grados centigrados, eran los sobres marrones que llegaban a fin de mes, con sueldos que doblaban los de la península.

Mientras Francisco Franco, dictador de España, se embarcaba en su aventura colonial, las demás potencias optaban por descolonizar. Pero esta opción no resultaba redituable para un terreno que recién comenzaba a destilar beneficios tras décadas de déficit. El descubrimiento de enormes yacimientos de fosfato comenzó a proveer de sentido a la enorme empresa colonial y motivó la construcción de la actual capital, El Aaiún, a mediados del siglo pasado. Para conseguir la mano de obra barata era imperante sedentarizar y domesticar a la población local: los españoles lograron lo primero con técnicas como el envenenamiento de los pozos de agua utilizados para el pastoreo e intentaron lo segundo a fuerza de una brutal segregación racial.

PORTADA: Fotografía realizada sobre el oleo: ” Prière du soir dans le Sahara ”, de Guillaumet, Gustave. Propiedad de Museo de Orsay, Paris.CENTRO: Vista general de azoteas a las afueras de la ciudad de El Aaiún.

-¿Profesión?

-Estudiante.

La mueca altanera del oficial migratorio cambia a sorprendida al ver al único occidental bajando del avión proveniente de Las Canarias y rumbo a Rabat. Pero, por el momento, no tiene más indicios para desconfiar. Sella mi pasaporte. Me lo devuelve y me desea una feliz estadía.

A la madrugada siguiente, un sonido ensordecedor me arranca de la cama, son los altoparlantes que transmiten la llamada al primer rezo del día. El sonido parece salir de mi propio cuarto. Veo un poco de televisión para combatir el desvelo. Entre los más de 600 canales disponibles en el cuarto de hotel, hay un programa donde una cámara oculta tiene como víctima a una señora aterrada, secuestrada a mano de terroristas en un micro de larga distancia.

Las calles de El Aaiún son un desorden constante de peatones y autos que intentan abrirse paso, atiborradas de venta ambulante. Me recuerdan a ciudades como Villazón o Ciudad del Este.
Al atardecer, luego de la última llamada de oración –son cinco rezos al día-, noto que la ciudad intenta recobrar algo de la normalidad que nunca tuvo, y mientras el sol se oculta y la temperatura desciende, las mujeres comienzan a hacer las compras en los mercados. En una de estas calles me encuentro a Ibrahim. Con sus dedos finos sostiene su teléfono móvil e intenta leer el último informe de Ban Ki-moon sobre la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), única misión que no contempla un mecanismo de observación de los derechos humanos.

Caminar solo por las calles de esta capital es asfixiante. No tiene nada turístico, los desechos se amontonan en las esquinas y el calor emana del asfalto. Desentono con mi vestimenta occidental: las mujeres utilizan el estricto velo islámico y los hombres turbantes y túnicas holgadas. Las camionetas blancas de Naciones Unidas recuerdan la amenaza constante de la reanudación de hostilidades y los cientos de policías que patrullan la zona son motivo suficiente para que el recién llegado lo piense dos veces antes de osar tomarse una selfie.

La mirada de sus ciudadanos cae como plomo, como el mismo sol que inmola todo a su paso. La gran plaza El Mchawar Said es la única parte de esta ciudad autorizada para ser recorrida con Google Street View y cuenta con cuatro torres coronadas con reflectores, al fondo la mezquita principal y en frente el Palacio de Congresos. Al lado, la oficina turística se encuentra cerrada. A las afueras un reluciente estadio de fútbol suele tener como invitado internacional para celebrar los aniversarios de la Marcha Verde a Diego Armando Maradona.

De regreso al hotel me encuentro con un nuevo decodificador de canales, lo miro con desconfianza y decido desenchufarlo y apagar la televisión, mi nivel de paranoia se condice con la realidad. Horas más tarde en la entrada del hotel, un amistoso marroquí con aspecto desalineado realiza exactamente los pasos de comedia que me habían advertido que podían ejecutar: ‘’Argentino, argentino, Messi y Maradona, muy bueno”. Me lo habían dicho: “Se te van a acercar y van a querer charlar contigo, se harán los simpáticos, pero no te fíes de nadie, querrán saber porque estás ahí’’

* * *

Para 1974 el crisol cultural ya existía y los saharauis ocupaban, al igual que hoy, el último lugar en la pirámide. Los canarios, españoles residentes en las islas homónimas, eran ciudadanos de segunda frente a los peninsulares, que ejercían un auténtico apartheid contra la población autóctona que conformaba el 80% de las 94 mil personas que habitaban esta provincia. Con los años, la tensión fue en aumento y la identidad nacional se articuló como respuesta al avance del colono, en favor de la creación del Estado.

Un año antes, y tras un primer intento frustrado que finalizó con la desaparición de su fundador, nació el Frente Popular de Liberación de Saguia-el Hamria y Río de Oro, de ahora en más Frente Polisario, movimiento de inspiración marxista que ejercía la lucha revolucionaria para conseguir la libre determinación de su pueblo. Su líder, El Uali Mustafa Sayed, murió años después en la batalla de Nuakchot, la capital Mauritana.

En el primer lustro de esta década crucial, el Sáhara Español se convirtió en el campo de batalla entre el movimiento de liberación nacional y los militares españoles. La táctica del Polisario apuntaba a desarticular las cintas trasportadoras de FosBucrá, empresa española de extracción de fosfatos. Golpear y huir: una auténtica estrategia de guerrilla.

La lucha interna no había sido ajena al país del norte, en Marruecos, 1400 militares irrumpieron en los festejos de cumpleaños del rey Hassan II creando una masacre de la que él se salvó escondiéndose en los baños. Trece meses después, en agosto de 1972, se repitió el intento de magnicidio cuando el avión en el que se trasladaba fue ametrallado por F-5 marroquíes. La sangrienta represión cayó contra los conspiradores, de todas formas se volvió imperante mantener a la elite militar lo más alejada posible.

El rápido fin de la guerra de Yom Kippur, en Israel, y el regreso de los militares marroquíes urgió a planear una nueva estrategia, conocida como el Gran Marruecos. El artífice, Al-lal el Fassi, comenzó a propagar que los límites naturales de Marruecos llegaban hasta el río Senegal, basándose en la breve dominación ejercida por los almorávides, responsables de la islamización de la zona, en el siglo XI.

Un año después de la conferencia donde el Rey anunció que acudiría al Tribunal Internacional de la Haya para corroborar los lazos de soberanía con el Sáhara, el dictamen estaba en la mesa y era totalmente adverso a los intereses marroquíes. De todas formas, con una astuta maniobra política, esa misma tarde Hassan II se dirigió a las masas, en tono triunfal y comunicó que era hora de recuperar ‘’las provincias del sur’’.

Las fichas de la Guerra Fría se habían dispuesto sobre el tablero de arena. Mientras Argelia se había alineado al bloque soviético, su vecino era un fiel aliado de un Occidente horrorizado con la posibilidad de que se repitiera la Revolución de los Claveles, una revolución de izquierda en Portugal, pero con España como principal ‘’víctima’’. Las palabras en aquel momento de Henry Kissinger, Secretario de Estado de los Estados Unidos entre 1973 y 1977, fueron concretas: ‘’Apoyamos la anexión marroquí del Sahara, no sólo porque no creemos en la viabilidad de un Sahara independiente sino que tampoco queremos que caiga en manos de Argelia, quien podría autorizar el establecimiento de bases soviéticas’’.

El armamento utilizado en Yom Kippur fue trasladado, a lo largo del mes de agosto, en aviones de Arabia Saudita hasta el aeropuerto de Rabat, mientras que 350 mil personas, entre militares, conscriptos y desocupados, fueron trasladados en casi ocho mil camiones hasta el límite norte del Sáhara Occidental. En la vanguardia se encontraban ministros y periodistas.

La marcha verde no tenía posibilidades de triunfar, estaba construida como una herramienta de presión diplomática para negociar con mayor margen la cuestión de la soberanía, pero los hechos se precipitaron. Lo último que quería España era una guerra colonial en el Sáhara y el Rey Hassan II sabía que su ferviente causa nacional era la mejor estrategia para encolumnar tras de sí a sus más férreos disidentes.

ARRIBA IZQUIERDA: Edificio a medio terminar a las afueras de El Aaiún. ARRIBA DERECHA: Una mujer viste el niqab, traje íntegramente negro que cubre el cuerpo de las mujeres musulmanas. ABAJO IZQUIERDA: Una mujer viste una melfa mientras espera un taxi en El Aaiún, por detrás se observan las construcciones estilo iglú propias de la época colonial española. ABAJO DERECHA: La nueva terminal de El Aaiún, en vísperas de su inauguración

-Nos vendieron como a un puñado de cabras- exclama Gerónimo, saharaui con una enorme sonrisa que se enmarca dentro de los límites de su turbante blanco, mientras sale de la mezquita durante el último rezo del día. A su lado Ibrahim trata de que no me preocupe por el incesante desfile de militares.

– El Aaiún es seguro, en la calle no habrá nadie que hable contigo- me dice.

Todo inconveniente en esta ciudad responde a una ‘’cuestión política’’. No importa si es la falta de agua o una majestuosa terminal de ómnibus que aún no se encuentra inaugurada porque al rey le parece poco suntuosa para la faraónica ciudad que proyecta. Las obras de infraestructuras y la inversión de la monarquía son palpables, en contraste a la basura y las heces que se esparcen por la calle ante la falta de cloacas en buena parte de los suburbios.

Al atardecer del domingo la puerta del hotel se abarrota de niños que intentan utilizar su intermitente wifi, al lado en el bar se transmite un partido del Barcelona, la hinchada explota ante el gol de Messi.

Esta aparente normalidad contrasta con la persecución cotidiana que sufren los saharauis que optan por manifestar el derecho a la autodeterminación en la tierra en la que viven. No hay cifras oficiales, pero se calcula que de los 500 mil habitantes del Sáhara Occidental, apenas el 20% son saharauis, pero no todos son disidentes: muchos abrazaron la causa marroquí gracias a los subsidios a los servicios y ayudas económicas ofrecidas por el Estado para ‘’marroquinizar’’ a la población.

Los que se resisten son sometidos a las violentas y salvajes golpizas en las calles que no distinguen entre hombres, mujeres o niños, le siguen las torturas en las prisiones y la falta de atención médica para quienes atenten contra el reino.

Video de AFAPREDESA Accede a la versión completa aquí.

Takbar Haddi lucha por recuperar el cuerpo de su hijo Mohammed Lamin Haidala, de 20 años, asesinado por colonos marroquíes hace más de un año en El Aaiún. La condición de la monarquía para entregar el cuerpo es el consentimiento de la madre para dar el caso por cerrado sin practicar la autopsia.

Mi teléfono recibe día tras día imágenes de Takbar, en distintos lugares de España, recogiendo firmas en la plaza de la Feria de Las Palmas de Gran Canaria y entrevistándose con políticos para lograr su anhelo, reencontrarse con los restos: ‘’Yo quiero la justicia para mi hijo, yo quiero coger a los responsables, al médico, a la policía. Yo quiero el cuerpo de mi hijo con autopsia, hasta ahora no sabe donde está”.

Para dar una vuelta por el centro Ibrahim me recomienda tomar un taxi, cuyo chofer no habla una palabra de inglés, muchísimo menos de español, habla árabe y francés y se hace entender con los tres consejos que le enseñó su jefe para trabajar con turistas y no tener problemas:
-No foto.
-No periodista.
-No foto.

El taxista se reconoce a sí mismo como saharaui con ascendencia marroquí, sino tuviera ese origen, difícilmente estaría manejando una combi para turistas, y cobrando la nada despreciable suma de 25 euros por paseos desilusionados por el centro. Entre los atractivos se encuentran las casas coloniales agrupadas de a docena, al mejor estilo iglú de concreto con su peculiar planta hexagonal y los enormes y variados cuarteles de policía. ‘’Army, army’’ repite constantemente para señalar los oficiales militares, auxiliares, de inteligencia, y brigadas especiales que controlan la zona.

Su mano derecha hace el gesto de sacar una foto, mientras su cabeza finge esconderse tras la ventanilla: en su rústico hablar intenta explicar que si trabajara con periodistas le secuestrarían la camioneta, pero que de todas formas la culpa es del extranjero, por no pedir autorización para trabajar en las zonas ocupadas, autorización que en la práctica resulta imposible de conseguir.

La principal atracción turística es un barco encallado en playas aún más hundidas en deshechos de todo tipo y custodiadas por casillas militares apostadas cada un kilómetro a lo largo de la costa. Para recorrer los 34 kilómetros que separan la ciudad de la playa se deben atravesar tres controles militares, en cada uno de ellos el oficial nos solicitará una fotocopia del pasaporte.

En el último control, indispensable para entrar al puerto y observar por unos instantes cómo se pulveriza el banco pesquero saharaui, el oficial nos retiene el pasaporte, y no lo devolverá hasta responder a la rigurosa pregunta que al parecer, intenta detectar a los visitantes indeseados:

-Profession, Monsieur?

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IZQUIERDA: El Barco “Assalama” de traslado de pasajeros se hundió en mayo del 2008 frente a las costas de El Aaiún, trasportaba 113 pasajeros, procedentes de Fuerteventura rumbo a Tarfaya, que resultaron ilesos. DERECHA: La carretera que bordea la costa en El Aaiún. ABAJO: El arco de concreto demarca los límites de la ciudad de El Aaiún.

Francisco Franco murió, exactamente seis días después de que sus súbditos entregaran el Sáhara. Tal vez nunca se enteró, pero mientras él transitaba una lenta agonía, la suerte de su capricho predilecto quedaba sentenciada el 14 de noviembre de 1975, en los Acuerdos Tripartitos de Madrid. España se deshacía de su provincia número 53, la mitad de su extensión territorial y dejaba librada a su suerte a una población de casi 80 mil personas, transfiriendo de facto la soberanía sobre su colonia a dos Estados independientes: Mauritania y Marruecos. A partir de ese momento, éstos se lanzaron en una carnicería despiadada por hacerse con el nuevo botín, mediante un acuerdo que jamás se publicó en ningún boletín oficial.

Los más de 2000 saharauis que prestaban servicio en el Ejército Español se incorporaron de inmediato a las filas del Frente Polisario.
La primera en caer fue la ciudad de Smara, unos días más tarde, el 11 de diciembre, fue el turno de El Aaiún. La impasividad de los militares españoles fue total, las órdenes de sus superiores obligaban a rescindir la Operación Marabunta, de defensa táctica, por la Operación Golondrina, de evacuación urgente del territorio, donde se llevaron hasta los cadáveres de los cementerios con tal de borrar su legado colonial de la tierra que siempre les había sido inhóspita, y de la que ahora huían sin querer dejar rastros.

La caída de estas ciudades pobladas de civiles produjo un éxodo masivo a las profundidades del desierto. Entre los meses de octubre y febrero cerca de 40 mil personas huyeron con lo puesto. En su mayoría mujeres, ancianos y niños que se batían entre la perplejidad por el abrupto desenlace y el horror de la realidad que los golpeaba por todos lados.

Los campamentos improvisados en medio de la hamada, un desierto de roca dentro del desierto, comenzaron a ser bombardeados por la fuerza aérea del régimen, buscaban quebrantar la voluntad de los exiliados y obligarlos a regresar a las ciudades. Doscientas personas murieron en los ataques a los campamentos de Um Dreiga, donde se utilizó Napalm, bombas de fragmentación y fósforo blanco.

Los testigos cuentan que cuando cayó el crepúsculo de aquel 21 de febrero, fue tan grande la cantidad de miembros cercenados, que hubo que hacer fosas comunes para enterrarlos. Omar Bulsan, con veinte años estuvo presente en la masacre de Tifariti:

-Ante esta matanza no hubo opción más que trasladar de forma urgente a estos ciudadanos a un territorio fuera del alcance de los aviones marroquíes, en el sur de Argelia, en la zona conocida como Tinduf.

Él no lo sabía, pero el calvario de sus hermanas menores que habían quedado en la ciudad, estaba por comenzar.

Se fue configurando el nuevo destino de los saharauis, los trayectos se hacían de noche, y de día se vivía a escondidas. Aunque se utilizaron camiones, camellos y burros para trasladar a los heridos, la gran mayoría realizó el trayecto a pie en carne viva; el 10% no lo logró. La situación sanitaria en los campamentos era catastrófica y una epidemia de sarampión hizo estragos en los menores de 7 años, un difícil comienzo para un Estado que nacía entre campos de refugiados.

La República Árabe Democrática Saharaui (RASD) se declaró el 27 de febrero de 1976 en la localidad de Bir Lelhu, a la mañana siguiente la bandera española se izó por última vez en la azotea del Gobierno General de El Aaiún, minutos más tarde España abandonó el Sáhara para siempre.

Las islas Canarias son un archipiélago de siete islas de origen volcánico que funcionan como una suerte de exilio para 2500 saharauis que intentan reconstruir su vida. La playa de Las Canteras, en el extremo norte de la isla Gran Canaria, es el punto de mayor confluencia, en especial por las noches, donde los hombres realizan sus tertulias en torno a las bancas circulares de madera que bautizaron con el nombre de ‘’Parlamento’’.

Muchos de los aquí llegados lo hacen de forma transitoria, desde El Aaiún, para tratar enfermedades crónicas, disertar en congresos, charlar con periodistas o simplemente aprovechar los precios económicos que ofrece la exención de impuestos de las islas españolas. Otros, en cambio, vienen de los campamentos de refugiados. Para quienes lo consiguieron, el pasaporte español funciona como un salvoconducto para moverse sin restricciones entre Europa y África.

Es abril y en Gran Canaria, la mayor de las islas, se encuentra parte de la MINURSO. Creada en 1991, su componente civil fue expulsado recientemente por orden del rey Mohamed VI, luego de que Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas, utilizara el término de zonas ocupadas para referirse al Sáhara Occidental, tras su visita a los campamentos de Tinduf.

En ese convulsionado contexto me encuentro. En Las Canteras, con Omar Bulsan, quien lleva un saco gris a tono con su prolija cabellera y su pullover escote en V, camisa celeste y anteojos sin marco. Su función es dar el alerta cuando delegaciones, personas, activistas o periodistas son expulsados, recibirlas en el aeropuerto, y realizar una conferencia de prensa in situ donde se narran los hechos y se enumeran las violaciones perpetradas por la fuerza de ocupación.

-Este año ya han sido expulsadas 60 personas- dice Bulsan mientras intenta comunicarse, sin suerte, por su teléfono móvil. Frente a la cafetería, las mujeres vestidas con melfas -una suerte de poncho de 4 metros de largo que cubre por completo el cuerpo de las mujeres- conviven en la arena –expoliada del Sáhara– con nudistas ocasionales que aprovechan el sol de la incipiente primavera.

Paralela a la playa, corre la peatonal que desemboca en el parque Santa Catalina, en esta zona se encuentran locutorios atendidos por saharauis. En uno de ellos me encuentro con Andala, de 36 años, vestido íntegramente de negro, con una enorme frente que se frunce al mirar a cámara. Nació el mismo día que se fundó la República, mientras su madre huía a los campamentos, allí estuvo hasta los 12 años, cuando viajó para estudiar Técnico Superior en Radiología a Cienfuegos, Cuba – se calcula que el 15% de la población de los campamentos estudió allí Medicina gracias a las ayudas del país caribeño-, y ya hace diez años que decidió vivir en las islas. Sueña con volver al Sáhara una vez que sea libre.

Cerca se encuentra Minetou Shop, el primer negocio dedicado a la venta de melfas. Qatar dicta la moda, pero como está demasiado lejos, Minetou, su dueña, viaja a Mauritania para hacerse allí con la última tendencia:

-El valor ronda entre los 20 a 100 euros, la tela hace la diferencia- dice ella, que también viene de Tinduf, pero reconoce que no extraña: ‘’Allí en verano la gente muere de calor, se siente el fuego en las jaimas ‘’ -tiendas nómades de campaña-.

Al día siguiente y luego de 170 kilómetros en un zigzagueante barco, llego a Tenerife, la segunda isla en importancia del archipiélago. Unos días más tarde, finalmente, entro a una habitación vacía que se encuentra en un tercer piso, las paredes son amarillas y una alfombra verde con estampado de flores marrones cubre el suelo, almohadones con mandalas ocres en el centro hacen juego. A mi izquierda dos mujeres están a punto de quebrar en llanto. A la derecha una mesa vacía junto a una televisión apagada. En el centro, dos bandejas plateadas, una con tres recipientes medianos, la otra con la tetera, siete vasos pequeños, y uno más grande, frente a las bandejas una pequeña garrafa con un anafe. La situación está dispuesta para que Omar me presente a sus hermanas:

IZQUIERDA: Fatma Salek (izquierda) y Mamia Salek (derecha) relatan los padecimientos que sufrieron al permanecer 15 años en prisión. DERECHA: Plano de la cárcel de Kalaat Magun, donde estuvieron presas desde octubre de 1980 hasta su liberación, en 1991.

-Nosotras fuimos presas y secuestradas a principio de 1976. Comienza Mamia Salek, de 17 años al momento de la detención, que luce una melfa con rombos violetas y marrones.

-Primero vino la gendarmería y secuestró a nuestro padre. Jamás se me va a olvidar, la gendarmería primero apuntó con un fusil a mi padre y el otro (oficial), comenzó a registrar todas las pertenencias.
Una semana más tarde fue el turno de las hermanas menores de la familia, junto a su madre.

-Éramos una familia digna, respetada, vivíamos muy bien y de repente tuvimos un cambio radical, nos hemos encontrado de golpe en una celda bajo continua y permanente tortura- dice Fatma, algunos años menor que Mamia, vestida en una melfa turquesa con círculos azules. Su hija usa una tablet para mostrar los lugares donde su madre y su tía estuvieron detenidas.

Las mujeres hablan en hasanía, dialecto árabe del suroeste del Magreb y Omar lo traduce en un en español acartonado. En total pasaron 16 años de prisión, vieron morir en la misma celda a su madre, convivieron entre pis y excremento mientras los haces de luz se filtraban por debajo de la puerta. Presenciaron la muerte de su padre, bajo la condición de no llorar. La única vez que Mamía se quebró no fue por las torturas diarias:

-Estaba en un pasillo que no solía frecuentar, esperando los baños turcos –otro método de tortura- cuando miré por un resquicio de la ventana y alcancé a contemplar los picos nevados de la cordillera del Atlas, era la primera vez en mi vida que veía nieve, y comprendí todos los años en los que llevaba en prisión, en ese momento empecé a llorar.

En 1991, la presión internacional y el marco de los acuerdos de paz fueron propicios para la liberación de las hermanas, bajo la condición de que se reconocieran como marroquíes y aseguraran que el Sáhara también lo era, el rechazo entre los presos fue unánime. El Aaiún se transformó en una cárcel a cielo abierto y la persecución de las fuerzas policíacas se volvió insoportable. Nueve años después las hermanas estaban en una precaria embarcación rumbo al exilio en las Islas Canarias.

-Contratamos una red de inmigración que nos costó 400 euros a cada una, nos metieron en una patera con otros 13 saharauis. Hemos estado unas 30 y pico de horas en altamar, acercándonos a Fuerteventura.

De regreso en las Canteras me entrevisto con Brahim Dahane, presidente de la Asociación Saharaui de Víctimas de Violaciones Graves de los Derechos Humanos Cometidas por el Estado Marroquí y preso político que también fue liberado en 1991, luego de tres años de prisión por participar como estudiante en una marcha por la autodeterminación. Tenía 21 años y su sueño era ser profesor de matemática:

-Nos interrogaron y nos torturaron de todas las formas. Estuvimos 3 años y 7 meses, con los ojos vendados, hasta los últimos dos días. Asegura que al día de hoy continúan 526 saharauis desaparecidos.

Unos días antes fue el turno de Sidi Mohamed Daddach, quien estuvo 24 años en prisión, a quien por sus años en la cárcel apodan el ‘‘Mandela Saharaui’’. Viste una darrá, túnica típica para hombres, totalmente blanca que parece fundirse con la espuma de las olas que rompen contra Las Canteras. En los pies lleva medias oscuras y sandalias de plástico.

IZQUIERDA Y DERECHA: Mohammed Daddach posa para una fotografía en las playas de Las Canteras, al norte de la isla Las Palmas de Gran Canaria, España.

-El 7 de noviembre del 2001 fui puesto en libertad en Kenetra y recibido con clamor por los estudiantes saharauis de Rabat. En el 2003 me casé y ahora tengo 5 niños, 3 varones, dos son gemelos y dos niñas. El 24 de abril del 2005 fundé el Comité Saharaui para la Defensa del Derecho a la Autodeterminación, en el Aaiún.

Durante su cautiverio sucedieron muchas cosas, Mauritania fue derrotada por el Frente Polisario y Marruecos avanzó sobre la parte sur del Sáhara, para comenzar a construir un muro defensivo de 2720 kilómetros para dividir el Sáhara Occidental en dos.

Por un lado, los territorios que le interesaba ocupar, las ciudades y los recursos naturales, y por el otro, la tierra yerma, cruento desierto donde la existencia se vuelve insoportable. Cuando este muro -en realidad una fosa combinada con alambradas y siete millones de minas antipersonales- estuvo terminado, se firmaron los acuerdos de paz y el alto el fuego.

Las casualidades de la vida hicieron que me encuentre por última vez con Mamia Salek, Dadach Mohamed y Brahim Daham en el aeropuerto de Gran Canaria, ellos viajaban de regreso a El Aaiún, yo tenía que continuar mi rumbo para terminar de entender esta crisis que desde el 2003 ocupa el primer puesto en la Evaluación de Crisis Olvidadas de la Comisión Europea. Era el momento de viajar a los campamentos de refugiados de Tinduf.

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Dos mujeres vestidas con melfas pasean por la playa de Las Canteras, al norte de la isla Las Palmas de Gran Canaria, España.

Atraviesa el muro para llegar a los campamentos de refugiados

Diseño e ilustración: Gabriel Agustín Freire

Tinduf
تندوف

Tinduf
تندوف

La primera medida que se tomó en los campos de refugiados al estallar la invasión en 1975 fue separarlos en provincias, denominadas wilayas, la forma más eficiente de brindar entidad política a la gente que moría bajo el impiadoso sol, el desafío de representar un Estado en la zona más áspera de todo el Sahel. Cada wilaya lleva el nombre de una ciudad del Sáhara Occidental – Aaiún, Smara, Dajla y Auserd- que a su vez se dividen en daïras, municipios, que se dividen en hays, barrios. La conexión entre las distintas wilayas se hace a través del desierto en camionetas todo terreno: la falta de rutas y de transporte público obliga a los visitantes a disponer de chofer.

La población se organizó de manera piramidal en base a los principios del centralismo democrático, pero el desgaste de las cuatro décadas y la introducción de dinero informal minó una estructura política que depende en su totalidad de la ayuda que optaron por la vía pacífica.

En el aeropuerto de Madrid conozco al grupo de cooperantes que viajará conmigo la siguiente semana, donde el encargado de los visados, Juan Francisco Chocho Barreto, me cuenta que viajó a El Aaiún en tres ocasiones para brindar capacitación a los periodistas saharauis, y la última vez fue expulsado:

-Estábamos saliendo del hotel y nos abordaron diez personas vestidas de civil, nos interrogaron y nos dijeron que éramos un peligro para la seguridad de la ciudad- me dice.

-¿Qué pasó después?- le pregunto.

-Nos metieron en un auto en Dajla y durante 17 horas atravesamos 1300 kilómetros hasta Agadir, en Marruecos, apenas paramos para ir al baño y en el transcurso del viaje nos sometieron a 22 controles policiales. Una vez que abandonamos el Sáhara nos dejaron librados a nuestra suerte.

Llegamos al aeropuerto militar de Tinduf de madrugada vía Air Algerie. Es la única compañía aérea que conecta Madrid con la ciudad Argelina más cercana a los campamentos, con una parada intermedia obligatoria en Argel. El Frente Polisario se encarga de tramitar las visas para ingresar en Argelia. Una vez en el aeropuerto, somos escoltados por las fuerzas militares argelinas hasta un checkpoint. A partir de ese punto de inflexión en medio de la oscuridad de la noche, comienzan a regir las reglas de la República Árabe Saharaui Democrática.

Las construcciones son de adobe, las casas son jaimas enormes y el aire quema. Me hospedo con cooperantes de Fuerteventura, la isla del archipiélago de Las Canarias más cercana al continente africano. Son una decena de entusiastas de la causa Saharaui, algunos son miembros de la Asociación Canaria de Amistad con el Pueblo Saharaui, que lograron reunir bolsas de arpillera repletas de medicamentos y útiles escolares. Tras ellos, en los próximos días, llegarán los políticos y diputados canarios para asistir a la conmemoración de una fecha patria.

Moverse por Tinduf con libertad no es sencillo: por una cuestión de seguridad, todos nuestros traslados son en una combi desvencijada y llena de polvo, escoltada por vehículos oficiales. Unos años atrás el secuestro de cooperativistas españoles puso en jaque la reputación de lugar de paz de los campamentos de refugiados y aumentó los temores del avance del extremismo islámico en las porosas fronteras del Sahel.

Sulim Mohamed Naze viste íntegramente de gris, pantalón largo y camisa manga corta, tiene el seño fruncido y habla en hasanía, el chofer hace de traductor. Sulim es el encargado de la planta de agua de la wilaya de El Aaiún, donde estamos hospedados, el agua es el bien más preciado, y escaso en este lugar.

-Contamos con un total de nueve pozos de agua que tienen una profundidad de 100 metros, es lo máximo permitido por Argelia, que provee las imágenes satelitales para indicar dónde deben hacerse las perforaciones. Entregamos hasta 20 litros por día por persona, la frecuencia varía, en verano la entrega se realiza cada diez días, y en invierno cada dos semanas.

El trabajo se realiza de sol a sol, el salario máximo al que puede aspirar un operario es de 170 euros mensuales, aunque en la mayoría de los casos es considerado un deber social que no conlleva pago. Frente a la planta potabilizadora se encuentra la cárcel, pero no forma parte del recorrido, y ni siquiera la mencionan.

El Polisario cuenta con su propio Ministerio de Justicia, que emplea como fuente de Derecho la sharia y se limita a delitos menores, faltas o disputas de la población, sin ejercer control sobre los cargos políticos. Human Right Watch alertó sobre los refugiados que ‘’siguen expuestos a violaciones de sus derechos debido a la situación remota y el limbo legal de los campamentos’’. Argelia por su parte, continúa el informe fechado en 2014, ‘’ha cedido la administración de facto de los campamentos a un movimiento de liberación que no tiene que rendir oficialmente cuentas por su conducta’’.

* * *

DOBLE SUPERIOR: Postales de Tinduf. CENTRO: La familia Zadfi Zalik en su casa en la wilaya de El Aaiún, en los campamentos de refugiados de Tinduf, Argelia.

A los costados de las sogas que demarcan un cuadrilátero preparado para la celebración en la wilaya de Auserd, se alzan banderas a ambos lados, afuera falta gente, adentro sobran sillas de plástico. Jóvenes con atuendos militares controlan los alrededores, la bandera principal se iza y comienza el acto central para rememorar el 43º aniversario del comienzo de la lucha armada.

En la primera línea de los políticos la delegación de las Islas Canarias y de Argelia, las palabras se hacen densas, las personas comienzan a desmayarse. La planicie es eterna, las mujeres que participan del acto están vestidas de blanco y negro y mueven sus manos al ritmo de la danza típica, afuera la muchedumbre observa y toma fotografías, los niños se distraen corriendo de acá para allá y las melfas se combinan con guantes de lana y lentes de sol.

Los discursos políticos de los miembros del Frente Polisario suelen comenzar y finalizar de la misma manera. Al principio se narran largo y tendido los sufrimientos que arrastran los 40 años en el exilio y la traición perpetrada por la potencia colonizadora, no importa si su interlocutor se encuentra al rayo de un sol que raja la tierra o si el que repite la historia es el cuarto orador del día. Y el final será con la misma amenaza: la guerra es inminente si continúa la situación de bloqueo político imperante desde 1991.

Una amenaza que es constante y que se combina con la frustración depositada en las Naciones Unidas para que lleven a cabo el referéndum para la autodeterminación.

Para finalizar el acto, las mujeres simulan una protesta frente al palco y los militares contienen la actuación,todo se desvanece en cuestión de segundos. A los pocos que quedamos en pie nos llevan a una habitación: otra vez el mismo discurso sin fisuras, devuelta la misma amenaza, la guerra.

-¿Cuál es la línea roja? ¿Qué tan real es la vuelta de la guerra?- le pregunto a Brahim Gali una vez finalizada su disertación. El es el responsable del aparato político del Polisario y uno de los fundadores del movimiento, estuvo presente en la batalla que se conmemora hoy, 43 años después.

Un político de las Canarias me corta el paso, responde por el Sr. Gali y explica que en un contexto tan delicado esas preguntas comprometen la seguridad nacional. Brahim Gali me mira, yo no sabía en ese momento que él sería nombrado como el nuevo presidente de la RASD en los próximos meses, posiblemente él lo intuía, o al menos sabía que la salud de Mohamed Abdeladiz, presidente en funciones se deterioraba día tras día por un cáncer de pulmón en un hospital de Estados Unidos.

-El derecho al referéndum es la línea roja- dice, da un paso hacia delante, viste una dará celeste -solo te diré esto, estamos mejor preparados que en el 91’, saca tus propias conclusiones.

Fotografías del acto de conmemoración del 43º aniversario del inicio de las acciones armadas por parte del Frente Polisario. El acto fue llevado a cabo en la wilaya de Auserd, en los campamentos de Tinduf.

En un reciente documental de Vice, plataforma de contenido multimedia, una joven notera viaja cerca del muro marroquí: allí en un momento saltan desde escondites subterráneos jóvenes saharauis con ametralladoras, camuflados entre la arena. En otra escena se muestra el entrenamiento de las tropas, el armamento y se repite lo mismo: ‘’Si esto sigue así, la guerra es inevitable’’. El documental tiene ya cuatro años, pero en este viaje no vimos ni tanques, ni pelotones deseosos de revancha ni recorrimos el muro.

Lo más parecido al mundo bélico que experimenté en la hamada argelina fue la visita al Museo Nacional de la Resistencia, donde se atesoran tendidos sobre telas negras llenas de polvo y arena, las reliquias que se utilizaron durante los años de guerra: ametralladoras de todo tipo, lanza misiles, minas antipersonales, mapas, cartas, fotos de mártires, aviones marroquíes derribados, tanques pulverizados y blindados. Una docena de tanques de guerra, relucientes y en perfectas condiciones, esperan en un galpón.

Nuestro guía, Hamdi Mansour -delegado del Frente Polisario en Canarias, turbante negro, camisa blanca, jeans y anteojos- se enorgullece:

-Marruecos es tan tonto que nos regaló todo este armamento.

– ¿Cómo que se los regaló?- pregunta extrañada una de los cooperantes.

– Sí, toda esta maquinaria se la quitamos a las fuerzas marroquíes, incluso un día antes del cese al fuego.

-Pero… ¿cómo fueron al combate?, ¿armados con gomeras?

– Fuimos armados con la valentía de quienes quieren recuperar su tierra.

Silencio frente al blindado.

-¿Estos tanques todavía funcionan?- pregunta otro de los asistentes-, ¿piensan usarlos nuevamente para la guerra?

Hamdi se tensa:

– Eso no puedo responderte, ¿cómo sé que no sos un agente infiltrado marroquí?

Con una falsa carcajada, zambulle al grupo nuevamente en el bus y da por terminada la visita al museo.

* * *

La urgencia humanitaria fue atendida, en primera instancia, por el Gobierno argelino y tras el alto al fuego se comenzaron a involucrar las flamantes organizaciones humanitarias. La paz postergada se cristalizó en la década de los 90´, mientras comenzaron a emerger las primeras ciudades de entre la arena. A la población de mujeres, ancianos y niños, se sumaron los combatientes que volvieron del frente.

La historia orgullosa del héroe Polisario, creador de inmensas proezas bélicas se trastoca con la imagen de la víctima refugiada, dependiente de la ayuda humanitaria. Ambas se yuxtaponen mientras el carácter temporal empieza a ceder ante la prisión del tiempo, y del olvido.

IZQUIERDA: Una niña prepara su examen final en la escuela para mujeres de la wilaya de El Aaiún. Una de las causas más comunes de abandono escolar entre las mujeres se encuentra el embarazo temprano. Solo la educación primaria se encuentra garantizada en los campamentos, para acceder a la educación secundaria, los adolescentes deben trasladarse a ciudades Argelinas, lo que implica nuevos desafíos y causas de deserción. DERECHA: Una antena parabólica es símbolo de las diferencias económicas que viven las familias en los campamentos de refugiados.

-Esta es la situación más larga de refugiados políticos, después de la situación Palestina- afirma Buhabaini Yahya, 52 años, presidente de la Media Luna Roja Saharaui, encargada de distribuir la ayuda humanitaria en los campamentos.

Esta ONG cuenta con 3700 voluntarios y por mes recibe 2700 toneladas de alimentos, 400 toneladas son alimentos frescos. Al año llegan 1500 contenedores desde Oran, cerrados y sellados. El Sr. Yahya habla de pie y mueve las manos frente a una botella de agua vacía, viste una chaqueta roja con las iniciales MLRS, pantalón de sarga negro y una camisa manga corta celeste.

-Empezamos a utilizar el stock de emergencia. Aquí tenemos dos muros: el muro militar y el muro del silencio, este es el más peligroso.

Mientras caminamos entre bidones de aceites, costales con papas y bolsas de arpillera cuidadosamente acomodadas, en el Centro de Abastecimiento Mártir Sid Ahmed, Yahya continúa con su descargo.

-Somos refugiados de segunda clase, mientras se destinan 84 millones para los refugiados en Grecia, nosotros recibimos de la ONU un máximo 25 millones. Apenas alcanza para cubrir los costos de la distribución entre las 125 mil personas más vulnerables, que ascienden a casi dos millones de dólares mensuales. Los nuestros son los únicos campamentos donde la ayuda humanitaria la distribuyen los mismos refugiados.

El 30% de los niños sufre de desnutrición crónica y cerca de 22 mil niños, menores de 5 años sufren de anemia.

Algunas bolsas de arpillera están abiertas y se pueden tocar las legumbres verdes que en unos días se transformarán en comida. En otro galpón funcionan las ocho cámaras frigoríficas, de reluciente blanco y cierre hermético alberga los productos frescos, que se entregan de a un kilo por persona, contra los doce kilos mensuales de cereales (harina), los dos kilos de legumbres o el litro de aceite. Aunque, el incipiente mercado informal fue creciendo y hoy en día se puede comprar Coca Cola en las pequeñas almacenes de las darías.

Con el correr de los años se fueron construyendo casas de adobe, muros para demarcar la propiedad privada y las casas se empezaron a cerrar con llave. En paralelo se desarrolló una economía informal basada en el comercio y la prestación de servicios, alimentada por los flujos monetarios del exterior, producto del pago de jubilaciones por parte del Estado español a ex empleados o las remesas del programa Vacaciones en Paz: ideado como una forma de alejar a los niños del calor del verano, aproximadamente siete mil se hospedan temporalmente en casas de acogida, casi siempre en España.

Se calcula que regresan al comenzar el otoño con una media de 600 euros, paneles solares o antenas parabólicas, generando desigualdades sociales que van erosionando lo que hasta ese momento era comunismo. Algunos saharauis se hartan de la frustración de la vivencia en el exilio y deciden regresar a El Aaiún, donde a cambio de renunciar a sus pretensiones independentistas son premiados con cartillas de subvención mensual que equivalen a 220 dólares. Mientras que aquí, en Tinduf, un teléfono móvil chino de última generación es un lujo que oscila entre los ocho a los once mil dinares (de 70 a 100 dólares).

* * *

Unas noches antes de partir y de tener la cena de despedida en el palacio presidencial de Rabuni, en la sede del gobierno, conozco junto a los cooperantes al flamante gobernador de la wilaya de El Aaiún, Mohamed Best. Anteriormente fue embajador en Sudáfrica, representante en Washington y Ministro para América Latina, conoce como pocos la dinámica de las relaciones internacionales para una República en el exilio. Su español es fluido pero se siente más cómodo hablando en inglés, viste una darrá blanca con bolsillos a la altura del pecho.

-Un embajador de la RASD se arregla con poco, tal vez 1500 euros al mes en el caso de una ciudad costosa, como New York, incluidos el alquiler y el sueldo, no se necesitan miles de euros como es habitual.

La República es reconocida como Estado por 82 países, la mayoría se encuentran en África y América Latina.

-Si el país reconoce a la RASD el cargo que ocupa nuestro delegado, es el de embajador, caso contrario, es el de un enviado.

-¿Cómo se financia?

-El Frente Polisario tiene sus inversiones y una red de viejos amigos con los cuales contar- responde Mohamed de forma escueta, el dinero es un tabú que se prefiere pasar por alto.

-¿Cuántas delegaciones tiene la República en el extranjero?

– Son 65 delegaciones desplegadas en todo el mundo, en muchos casos comparte la oficina dentro de la embajada argelina. Cuando la RASD vuelva a ser un país soberano, se instalarán las embajadas de los países que nos reconozcan.

– ¿Cuál es la población en la wilaya de El Aaiún?

-Aquí son 60 mil personas y es la más grande, el último censo electoral dio una población estimativa de entre 150 y 160 mil personas en los campamentos.

DOBLE SUPERIOR: PRIMERA IMAGEN: Dibujos adornan una de las paredes de la escuela para mujeres de la wilaya de El Aaiún. SEGUNDA IMAGEN: Una joven sostiene un prendedor, hecho en la escuela de cerámica, con forma de corazón y la bandera de la República Árabe Saharaui Democrática.IZQUIERDA: Dos mujeres aguardan para comprar en el mercado de la wilaya de El Aaiún. DERECHA: Dos niños refugiados en los campamentos de Tinduf. FOTOGRAFÍA FINAL: Restos de una construcción cerca de los pozos de agua que abastecen a la wilaya de El Aaiún.

El teléfono de Mohamed no para de sonar mientras saca un cigarrillo tras otro, el humo se dibuja en el contraluz que remarca su perfil, tiene palabras de elogio para Susana Malcorra, quien visitó los campamentos de refugiados como jefa de gabinete de Ban Ki-moon: ‘’Es una mujer inteligente’’, afirma. No así con Mauricio Macri, actual presidente de Argentina: ‘’Con el gobierno anterior estuvimos muy cerca de lograr el reconocimiento, pero no soy optimista en lograrlo ahora”.

-La lucha armada volverá, tarde o temprano, es necesaria para alcanzar un nuevo acuerdo. No queremos tomar El Aaiún, sólo obligar a Marruecos a sentarse a la mesa de las negociaciones. Esto es como el boxeo, punto por punto.

Luego del cuscús de cena y ya entrada la madrugada, el gobernador quiere contar un chiste.

-El Día del Juicio Final cada pueblo se acerca al Señor para conocer su destino, allí van transitando uno por uno ante la atenta mirada del creador. “Estados Unidos al infierno”. “Los suecos, al paraíso”. Y cuando llega el turno de la RASD, Dios exclama desconcertado: “¿Quiénes?, ¿los saharauis? no los conozco, que se vayan al paraíso”. Una vez en el cielo se encuentran con los avisos de “Fully Bucket”, -el gobernador frunce el ceño y al instante se traduce: “lleno”.- Descienden al infierno, pero allí tampoco encuentran lugar, desconcertados vuelven al Dios, le cuentan lo sucedido y preguntan qué hacer, a lo que Dios les responde: “Monten sus jaimas aquí y esperen a que se resuelva’’.

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